Los fusiles están apilados
La lluvia seguía desplomándose por la ciudad, lenta y pesada. Sólo el viento que soplaba paciente era capaz de mover aquellas líneas de agua que apenas dejaban ver más allá de unos pocos metros. Ríos del cielo peinaban las calles de la ciudad desierta y los chicos seguían encerrados en casa. Uno cogía una escoba y comenzó a acorralar la mugre en los rincones; el otro revisaba la orquesta de cañerías oxidadas que se extendían como una jaula en el sótano en busca de fugas o de tramos (demasiado) picados. Aquellos no tenían miedo y subieron hasta el tejado para comprobar cuántos agujero había.
Y él se quedó solo en la cocina, con el librito gris arrugado por la caladera abierto. Repasaba con cuidado cada palabra, porque de aquellas páginas habían brotado muchos de los motivos que los habían traído hasta aquí.
El poder de leer y hablar, de guardar dentro de frágiles cráneos tal cantidad de balas únicas. Dicen que nacen de la separación, de encontrarse uno sólo y desconectado. Pero no funcionaban por si mismas. Necesitaban fusiles precisos, estables inmutables. No únicos. Esas balas que le rozaban a medida que lamía suavemente el índice al pasar páginas podrían haber sido salvas y jardines puestos en pistolas de agua.
En el último año había visitado bibliotecas enteras llenas de florecillas rojas. Como ninguno de ellos había alcanzado la treintena todavía, todo aquellos libros llenos de teorías postmarxistas, revisionistas, deconstructivistas, operativistas les sonaba a material de clase. Un profesor evaluaba con paciencia cuánto podías desgranar de Althusser.
Pelotones de alumnos escrutaban entre las cejas docentes cuáles eran las claves de los jeroglíficos de la filosofía fenomenológica. Hordas de matriculados cuidaban su postura y aguardaban el momento de intervenir mientras matizaban para sus adentros cómo debía ser tono de voz y la pertinencia de sus comentarios mientras un señor de mediana edad paseaba recitando de memoria y con los ojos cerrados las claves derrideanas para la adquisición de un nuevo lenguaje para el arte de finales del siglo XX, ajeno en apariencia al ansia que provocaba en el aula.
Chicas y chicos jóvenes repasaban en voz alta y con cara de angustia fingida antes de entrar a un aula magna avejentada mientras memorizaban las costumbres de los vigilantes de exámenes.
Un año de observación y toda aquella literatura, toda aquella pasta de papel, aquellas plantaciones de eucaliptos encuadernadas pedían a gritos cerilla y candela.
O eso le parecía a él.
Si llegó o no a provocar un incendio...qué quieren que les diga. Aún no lo sé todo sobre ellos. Acabo, como vosotros, de verlos llegar entre la lluvia desde mi ventana. Sólo lo vi a él cuando estudiaba y era parte de aquellos devoradores de palabras que no entendía del todo.
Puede que él también me viese a mí.
