Debería contaros que...
La casa crujió en cuanto los chicos atravesaron el umbral y sus pares de piernas separaron al escuadrón para repartirse por los pasillo con pasos apresurados y carreras nerviosas. Después de un rato de husmear, la cocina se convirtió en un cuartel general y los bultos angulosos y oscuros se repartieron en aquel cubículo, frío por el suelo de loseta y el forrado de azulejo, aunque extrañamente familiar. Comenzaba la reunión silenciosa que decidiría nada. Los puntos del día, el orden y las actas aún no formaban parte de la disciplina de los chicos, pero todo llegaría. Seguro. Allí estaban los cinco, escuálidos como sombras, con las manos y las caras muy blancas y limpias, casi sin color porque estaban heladas.
Allí estaban con las espaldas encorvadas y las miradas perdidas. Sin nada que decirse después de haber agotado en tan sollo cuatro años de desnuda-vida todas sus eyaculaciones. Llámalo eyectar, llámalo trabajar, llámalo escuchar a los beatles. Así, en minúscula.Para que os hagáis una idea y aunque volveremos sobre esto más tarde, porque lo que os cuento no es un rollo de "y después...y después..."
El caso es que en aquellos casi 60 meses los chicos apenas sí habían tenido contacto. Cada uno siguió sus pasos naturales: uno siguió su impulso piadoso, lleno de amor por todo lo que le rodeaba. Los ríos que bajaban terroríficamente flourescentes le partían el corazón. Los mamíferos acosados en las prisiones verdes que hace poco eran conocidas como bosques inflaban sus mejillas con justa ira. La curiosidad por conocer los entresijos de la creación, sus aleteos moleculares, ocupaban esa región del cerebro que se ocupa de quienes-somos-de-donde-venimos-a-dónde-vamos con interés y disciplina por el estudio. Acabó sus estudios de biología y tomó el rumbo del sur, para perseguir al mediterráneo, una plaza viva en la que la guerra por la supervivencia que precisaba de soldados como él. Se fue.
Otro de los cinco encontró el modo geométrico de la celda social en las palabras trinchantes del Derecho. "Ojo de águila" debió ser su nombre sioux, porque en él, el fango de la ley acababa trenzado en una ordenada secuencia de causa-efecto-consecuencia. Todo adquiría sentido si caía de su boca. no hace falta decir que, en él, los otros cuatro encontraban consuelo porque, objetivamente, todo se armonizaba. Cinco años le tomó acabar Derecho y siguió la senda penal. Cazar malos comunes estaba bien, pero en sus sueños tenían el cuello blanco y conducían coches caros. Levantó la nariz al sentir el viento del suroeste y el intrigante olor de la gasolina lo condujo a la maraña-metróplis. Casi mil quinientos días después, su silencio era más aterrador si cabe porque era la expresión elocuente de lo que estaba por llegar.
Dos de los que velaban en la cocina entendieron el mundo desde esa frase...¿Os acordáis?...Sí: "Piensa global, actúa local". Se quedaron en busca del hombre nuevo, del amor pleno y sencillo que acompañaba a los gestos humildes. Especializados en la gestión del desastre, buscaron un lugar en la que edificar la utopía fuera de la metrópilos. Como otros lo habían hecho antes con la fuerza de la fe y sin desprenderse de los sermones herejes impartidos en siglos pasados, ellos entraban en el umbral de lo propio con la seguridad de la ciencia. Nada podía fallar. Y allí estaban casi un lustro después con hermosas ojeras hablando por ellos y sin el menor rastro de fe en los relatos de juvenud envejecida.
Por último, él. El que no sentía amor por el planeta ni por el hombre solitario ni por el comunitario. El que apenas contaba en los planes del futuro. El que conjuraba en la torpeza de su léxico, en la falta de armonía de su rostro, en la extrema delgadez de sus brazos, el la vaguedad de sus cálculos. El de corazón de piedra. El acogido. El alma en pena. El simplón que permanece. El olvidado. El que no camina. Con esto, hacéos una idea. Digamos que ni su actitud ni su aptitud le habían hecho merecedor del futuro. Que ninguna cosa de la creación divina o humana estaba dispuesta a dejarse tocar por sus manos era el que, finalmente, los había recogido, años después. El único que ahora estaba dispuesto a hablar en aquella cocina que se llenaba poco a poco de vapor.
