Los caprichos del recuerdo y la presencia contínua y lacerante.Supongo que Poka lo dirá siempre mejor: que nos vestimos de nosostros cada mañana. Que tapar nuestros huesos es una rutina muy poco inocente. Que estar sentadx, desayunandx, leyendx son siempre algo más que descansar, comer o pensar. Algo como rellenarnos o encontrarnos en una continuidad que dé algo de sentido a los días que pasan. Consumimos cultura como si fuese el jabón que limpia nuestra experiencia. Como si en cada solucion idéntica encerrada en los edificos o en la producción cultural no fuesen más del mismo plan. Más de aguantar la respiración y limar toda la piel vieja y entrar, jóvenes y ateridos, en una hermosa normalidad que dialoga con nosotros. Que se sienta a escuchar para darnos todo lo que queremos.
¿Y si no queremos nada?
¿Y si todo lo que queremos es saber?
Dirán que es más fácil así. Que hay que ceder. Que nadie puede aguantar con las manos debajo de la mesa siempre. Que los copos de nieve se derriten en el lago, pero permanecen en la montaña.
Dirán que somos irracionales, que nuestra vocación no es durar y que siempre estaremos subordinados a quienes nos precedieron. Escribirán que nos ahoga el conformismo, el miedo, la no-voluntad. Pensarán que no hemos entendido nada cuando discutan y ladeen la cabeza. Cuando conspiren y se asienten entre moquetas y filtros del aire. En cuanto vayan al médico por una tendinitis o por problemas auditivos.
Y no se dan cuenta de que no tenemos nada más que hablar. Que no hay diálogo posible, ni puntos de contacto. Muerta la républica, vivo el imperio, cualquier intento de llevar una vida en sociedad es como revivir a un muerto. O peor, es un insulto en nuestra cara, una risa grotesca que nadie que se llame persona puede soportar sin sentir ira.
La ira no es buena consejera. No somos tan jóvenes, no estamos tan airados. No somos un target publicitario tan apetitoso. A nosostros no nos sorprendera la decepción de los diecinueve en la primavera. Ninguno de los que está aquí espera empatar hermosas frases que acaben llenas de polvo, o peor aún, adornando un mug lacado en China. Al primero que suelte una perla del estilo "prohibido prohibir" o no sé qué sobre los adoquines y la arena de playa, puede dar por seguro que se ha equivocado de lugar.
Hablamos de volver. Seguimos escribiendo todo este tiempo sobre lo mismo: resucitar. Resucitar es posible. No es una idea poética, volveremos. Está escrito. Está hecho. Volveremos para hacer lo de siempre, pero esta vez de un modo diferente. Cada regreso trae consigo todo lo que se quedó atrás. Sus mañanas de café y periódico están suspendidas en el aire. Su puta manía de confesar en facebook toda esa información e intimidad que sólo era posible arrancar bajo torturas toca a colapso.
¡Dioses! Es tan ridículo que solo podemos seguir haciendo lo nuestro y esperar, con muchas ganas, a que vengan a convencernos.
--"Ahora lo que ya sabes. Alzarse. Alzar la cabeza. Por elección o por necesidad. Poco importa, en verdad, desde ahora. Mirarse a los ojos y decir que volvemos a comenzar. Que todo el mundo lo sepa, lo más rápido posible. Volvemos a comenzar"--comentó uno
--"Se acabó la resistencia pasiva, el exilio interior, el conflicto por sustracción, la supervivencia. Volvemos a comenzar. En estos años, hemos tenido tiempo para ver. Hemos comprendido. La democracia para todos, la lucha "anti-terrorista", las masacres de Estado, la reestructuración capitalista y su Gran Obra de depuración social" siguió el antiguo amante de animales enjaulados.
Por selección, Por precarización, Por normalización, Por "modernización".
--"Hemos visto, hemos comprendido. Los métodos y los objetivos. El destino que SE nos reserva. El que SE nos niega. El estado de excepción. Las leyes que ponen a la policía, a la administración, a la magistratura por encima de las leyes. La judicialización, la psiquiatrización, la medicalización de todo lo que se sale del cuadro. De todo lo que huye" acabó él.
Hemos visto. Hemos comprendido. Los métodos y los objetivos.
*El texto es una adaptación de Tiqqun "Cómo hacer", pag 1.
"Nuestro único interés es el comunismo. No hay nada previo al comunismo. Los que creyeron lo contrario, a fuerza de perseguir la finalidad, zozobraron con cuerpos y bienes en la acumulación de medios. El comunismo no es otra manera de distribuir riquezas, de organizar la producción o de administrar la sociedad. El comunismo es una disposición ética; una disposición a dejarse afectar, en contacto con otros seres, por lo que nos es común. Una disposición a compartir lo común. El «otro estado» de Musil se le parece mucho más que la URSS de Jruchov"
La lluvia seguía desplomándose por la ciudad, lenta y pesada. Sólo el viento que soplaba paciente era capaz de mover aquellas líneas de agua que apenas dejaban ver más allá de unos pocos metros. Ríos del cielo peinaban las calles de la ciudad desierta y los chicos seguían encerrados en casa. Uno cogía una escoba y comenzó a acorralar la mugre en los rincones; el otro revisaba la orquesta de cañerías oxidadas que se extendían como una jaula en el sótano en busca de fugas o de tramos (demasiado) picados. Aquellos no tenían miedo y subieron hasta el tejado para comprobar cuántos agujero había.
Y él se quedó solo en la cocina, con el librito gris arrugado por la caladera abierto. Repasaba con cuidado cada palabra, porque de aquellas páginas habían brotado muchos de los motivos que los habían traído hasta aquí.
El poder de leer y hablar, de guardar dentro de frágiles cráneos tal cantidad de balas únicas. Dicen que nacen de la separación, de encontrarse uno sólo y desconectado. Pero no funcionaban por si mismas. Necesitaban fusiles precisos, estables inmutables. No únicos. Esas balas que le rozaban a medida que lamía suavemente el índice al pasar páginas podrían haber sido salvas y jardines puestos en pistolas de agua.
En el último año había visitado bibliotecas enteras llenas de florecillas rojas. Como ninguno de ellos había alcanzado la treintena todavía, todo aquellos libros llenos de teorías postmarxistas, revisionistas, deconstructivistas, operativistas les sonaba a material de clase. Un profesor evaluaba con paciencia cuánto podías desgranar de Althusser.
Pelotones de alumnos escrutaban entre las cejas docentes cuáles eran las claves de los jeroglíficos de la filosofía fenomenológica. Hordas de matriculados cuidaban su postura y aguardaban el momento de intervenir mientras matizaban para sus adentros cómo debía ser tono de voz y la pertinencia de sus comentarios mientras un señor de mediana edad paseaba recitando de memoria y con los ojos cerrados las claves derrideanas para la adquisición de un nuevo lenguaje para el arte de finales del siglo XX, ajeno en apariencia al ansia que provocaba en el aula.
Chicas y chicos jóvenes repasaban en voz alta y con cara de angustia fingida antes de entrar a un aula magna avejentada mientras memorizaban las costumbres de los vigilantes de exámenes.
Un año de observación y toda aquella literatura, toda aquella pasta de papel, aquellas plantaciones de eucaliptos encuadernadas pedían a gritos cerilla y candela.
O eso le parecía a él.
Si llegó o no a provocar un incendio...qué quieren que les diga. Aún no lo sé todo sobre ellos. Acabo, como vosotros, de verlos llegar entre la lluvia desde mi ventana. Sólo lo vi a él cuando estudiaba y era parte de aquellos devoradores de palabras que no entendía del todo.
En cuanto él cerró la boca, los demás levantaron la vista del suelo y no sonrieron ni dijeron nada. Poco a poco, se levantaron y muy despacio se fueron sacando los abrigos oscuros que engullían la enclenque luz amarilla que trataba de llenar aquella cocina. Ya estaba dicho, y no había manera de darse vuelta atrás. Se quedaron en camiseta y dando una idea de cómo habían ido los días hata entonces. Codos enrojecidos y pelados, antebrazos cubiertos de venas duras como el cuero y amontonadas una sobre otra. Torsos amenazantes como jaulas de vísceras que formaban desfiladeros de piel hundida y amarillenta. Una escalera dorsal que resbalaba hasta los cráneos pelados y limpios.
Una escena propia de un campo de prisioneros. Pero no duraría mucho. Acababan de fugarse.
--"¿Y ahora qué?" Preguntó el chico que amaba a los animales enjaulados en parques naturales.
Se le había escapado. No quería dar la impresión de que se encontraban allí para cumplir una tarea o ejecutar un trabajo. No estaban allí de vacaciones ni para desestresarse, ni muchísimo menos para dar una lección al mundo.
Estaban allí porque eran animales. Perros por la calle. Mulas por momentos. Ratones de laboratorio la mayoría del tiempo. Como eran bípedos sin plumas, su nombre correcto era "Esclavos". Eran esclavos que no querían seguir siéndolo. Eran unos cobardes que un día torcieron por el camino menos esperado.
Cualquiera con un poco de alma te dirá que tu humanidad se mide por el trato que das a los animales. Que es en tu relación con ellos cuando se ven sobre el terreno lo tan evolucionado que eres y cuanto te mereces la cúspide de la pirámide. Pero si por desgracia te has convertido en unon de ellos, porque otros te han invitado a ello, te han hecho reflexionar y meditar sobre tu futuro y lo larga que puede ser tu vida y lo poco que tienes para protegerla. Si te parece que es una fuerza implacable la que retumba en tu cabeza y la acepotas como misterio, puede que hayas comenzado a ser un esclavo.
Ellos lo eran. Hasta que ya no quisieron más.
Después está desengancharse, claro. Volver a ser un humano. No ser más un esclavo.
Pero come. Cuesta. Duele. Magulla. Llora. Ríe. Alegra. Suda. Encabrona.
Para convertir a una raza de esclavos en una de amos hay que ser un cabrón.
Para romper el silencio, que se dice, él se sacó la cazadora de cuero, mojada y templada. Por la cocina se extendió un poco el olor a piel de vaca. Rebuscó en sus bolsillos y saco un librito gris plateado, muy arrugado por la caladera que había tenido que aguantar.
Hojeó con cuidado y se detuvo pasada la mitad del cuaderno. Sujetó el libro con la mano derecha blanca y pulida. Abrió la boca despacio y se aparató unos mechones que se le caían por encima de la frente hasta la nariz recta y triangular. Tomó aire y comenzó a leer:
--"Ya no hay que esperar mas- una iluminacion, la revolucion, el apocalipsis nuclear o un movimiento social. Esperar aun es una locura. La catastrofe no es lo que viene, sino lo que ya está aquí. Nosotr@s nos situamos fuera y desde ya dentro de un movimiento de hundimiento de una civilización. Es ahí donde hay que tomar partido"
La casa crujió en cuanto los chicos atravesaron el umbral y sus pares de piernas separaron al escuadrón para repartirse por los pasillo con pasos apresurados y carreras nerviosas. Después de un rato de husmear, la cocina se convirtió en un cuartel general y los bultos angulosos y oscuros se repartieron en aquel cubículo, frío por el suelo de loseta y el forrado de azulejo, aunque extrañamente familiar. Comenzaba la reunión silenciosa que decidiría nada. Los puntos del día, el orden y las actas aún no formaban parte de la disciplina de los chicos, pero todo llegaría. Seguro. Allí estaban los cinco, escuálidos como sombras, con las manos y las caras muy blancas y limpias, casi sin color porque estaban heladas.
Allí estaban con las espaldas encorvadas y las miradas perdidas. Sin nada que decirse después de haber agotado en tan sollo cuatro años de desnuda-vida todas sus eyaculaciones. Llámalo eyectar, llámalo trabajar, llámalo escuchar a los beatles. Así, en minúscula.Para que os hagáis una idea y aunque volveremos sobre esto más tarde, porque lo que os cuento no es un rollo de "y después...y después..."
El caso es que en aquellos casi 60 meses los chicos apenas sí habían tenido contacto. Cada uno siguió sus pasos naturales: uno siguió su impulso piadoso, lleno de amor por todo lo que le rodeaba. Los ríos que bajaban terroríficamente flourescentes le partían el corazón. Los mamíferos acosados en las prisiones verdes que hace poco eran conocidas como bosques inflaban sus mejillas con justa ira. La curiosidad por conocer los entresijos de la creación, sus aleteos moleculares, ocupaban esa región del cerebro que se ocupa de quienes-somos-de-donde-venimos-a-dónde-vamos con interés y disciplina por el estudio. Acabó sus estudios de biología y tomó el rumbo del sur, para perseguir al mediterráneo, una plaza viva en la que la guerra por la supervivencia que precisaba de soldados como él. Se fue.
Otro de los cinco encontró el modo geométrico de la celda social en las palabras trinchantes del Derecho. "Ojo de águila" debió ser su nombre sioux, porque en él, el fango de la ley acababa trenzado en una ordenada secuencia de causa-efecto-consecuencia. Todo adquiría sentido si caía de su boca. no hace falta decir que, en él, los otros cuatro encontraban consuelo porque, objetivamente, todo se armonizaba. Cinco años le tomó acabar Derecho y siguió la senda penal. Cazar malos comunes estaba bien, pero en sus sueños tenían el cuello blanco y conducían coches caros. Levantó la nariz al sentir el viento del suroeste y el intrigante olor de la gasolina lo condujo a la maraña-metróplis. Casi mil quinientos días después, su silencio era más aterrador si cabe porque era la expresión elocuente de lo que estaba por llegar.
Dos de los que velaban en la cocina entendieron el mundo desde esa frase...¿Os acordáis?...Sí: "Piensa global, actúa local". Se quedaron en busca del hombre nuevo, del amor pleno y sencillo que acompañaba a los gestos humildes. Especializados en la gestión del desastre, buscaron un lugar en la que edificar la utopía fuera de la metrópilos. Como otros lo habían hecho antes con la fuerza de la fe y sin desprenderse de los sermones herejes impartidos en siglos pasados, ellos entraban en el umbral de lo propio con la seguridad de la ciencia. Nada podía fallar. Y allí estaban casi un lustro después con hermosas ojeras hablando por ellos y sin el menor rastro de fe en los relatos de juvenud envejecida.
Por último, él. El que no sentía amor por el planeta ni por el hombre solitario ni por el comunitario. El que apenas contaba en los planes del futuro. El que conjuraba en la torpeza de su léxico, en la falta de armonía de su rostro, en la extrema delgadez de sus brazos, el la vaguedad de sus cálculos. El de corazón de piedra. El acogido. El alma en pena. El simplón que permanece. El olvidado. El que no camina. Con esto, hacéos una idea. Digamos que ni su actitud ni su aptitud le habían hecho merecedor del futuro. Que ninguna cosa de la creación divina o humana estaba dispuesta a dejarse tocar por sus manos era el que, finalmente, los había recogido, años después. El único que ahora estaba dispuesto a hablar en aquella cocina que se llenaba poco a poco de vapor.
Una ciudad como la mayoría, de las que ganan tamaño cuando encienden las luces y se desenrollan agusanadas sobre las colinas camufladas en la oscuridad. Ciudades con edificios anémicos levantados en los sesenta, pretenciosos en los setenta, despiadados en los ochenta y en los noventa...ya saben lo que quiero decir. De esas en las que, sin darte cuenta, estas dentro, aunque a dos metros de tu espalda aún queden lomas verdes. De esas en las que entrar es un ejercicio de etnografía para principiantes y salir una obligación ritual del paso a la edad adulta.
De esas en las que nunca pasa nada, ¿vale?.
Al cruzar el umbral aquel día ya no había nostalgia, ni ganas de apreciar lo que se había perdido en el camino hacia el reclutamiento en la megalópolis que, curiosamente, habían asumido como un paso tan natural como beber para aplacar la sed.
Hasta que dejaron de hacerlo.
Los chicos estaban en la ciudad y no era para ver a sus familias ni para reencontrarse con su infancia y juventud. Cuando decidieron emprender el viaje, por las cabezas de los chicos pasaron infinidad de sentimientos y algún que otro pensamiento: vergüenza por haber sido crédulo, bochorno por la candidez desperdiciada, ira por desengaño. Para explicarlo: el día que echaron a andar dejaron como holocausto una pila de niños interiores, pequeños desgraciados que habían conducido sus pasos hasta la fecha corrían hacia el olvido como agua por el desagüe. Ya no se trataba de uno imaginado a sí mismo mañana o pasado, siempre evitando mirar alrededor. La cuestión era que, de alguna forma, no se sabía cómo, lo que se les pasaba por la cabeza era una película que nada tenía que ver con lo que les había pasado hasta entonces. Una ciudad cualquiera, unas vidas comunes y aisladas. Desde que tenían sentido comíun, ponle los nueve años, cada mes y estación que se iba no dejaba más peso, ni se sentían mayores. Al contrario, cuanto más adelgazaba el calendario, los chicos más ligeros se volvían, hasta que se disolvió en el aire cualquier idea que no fuese sobre sí mismos.Y su necesidad de crecer.
Los chicos estaban de vuelta en la ciudad y para darles la bienvenida, la lluvia martilleaba sobre sus hombros, las nubes se arqueaban a sus espaldas y las puertas se cerraban antes de verles la cara. Los chicos estaban contentos, porque esto --ellos, juntos, caminando, tranquilos--no era el "y después...y después..." que marcaba el paso de los días. Los chicos sonreían porque se encontraban refugiados de los cuentos y de las horas. Cuando miraban a su alrededor, ya no veían su propia decadencia sobre el paisaje. Las cosas, por así decirlo, ya no eran "una mierda" o "lo mejor del mundo". En sus hogares hacía tiempoi que se había acabado lo de "como aquí, en ningún sitio". Estaban tan delgados que parecían gatos cansados abriendose paso por las aceras que restallaban con la violenta lluvia. POr fin eran algo. Aunque ellos lo percibían de otra forma: se habían disuleto, como les pedían desde niños. Aunque nadie había pensado en que pudiesen volver. En que llegase este día, en el que toda falacia revolucionaria heredada de los padres ya no importaría, en el que el pasado se quedase mudo y el futuro fuese com dios: muerto y acabado.
No hacía falta la imaginería estalinista. No hacían falta las multitudes policiales y hospitalarias. No hacía falta la organización pastoral. Estaban los chicos y hoy se ponía bien.
Callejearon solos y empujados por el viento, absorviendo los focos irregulares de luz con sus sonrisas.
Llegaron pronto al caserón destartalado que agonizaba en una de las calles del centro. Escupieron para conjurar a los líderes y a las comunidades terribles y se dispusieron a cumplir su largo propósito.ç
"Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve,
ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones:
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones".
-- De Silvio Rodríguez para los monstruos maravillosos, todo dientes, todo bozales--.